Las protestas por el «hiyab» desafían la legitimidad de la República Islámica

Tres semanas después de la violenta muerte de la joven kurda iraní Mahsa Amini, de 22 años, a manos de la policía de la moral de Irán por el delito de llevar el hiyab de forma incorrecta, las protestas siguen haciendo estragos en todo el país. Estas manifestaciones desafían tanto la represión de las fuerzas de seguridad en las calles de las principales ciudades como las restricciones en Internet. Desafían la legitimidad de un régimen de línea dura cuya autoridad parece erosionarse día a día.



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Los activistas de Irán y los analistas de fuera del país consideran que estas protestas podrían ser el desafío más serio al régimen desde que millones de personas salieron a la calle tras las disputadas elecciones presidenciales de 2009.

Desde entonces se han producido manifestaciones recurrentes en todo el país. En diciembre de 2017, diez días de concentraciones fueron espoleados por las condiciones económicas y por la ley del hiyab obligatorio. En noviembre de 2019, hasta 1.500 personas murieron durante cuatro días de protestas desencadenadas por una repentina subida del precio de la gasolina. A nivel local, hay manifestaciones por las condiciones salariales y laborales, la situación medioambiental y las detenciones.

En estos casos, sin embargo, las concentraciones masivas han decaído al cabo de unos días. Tras sus muestras de rabia y sus demandas de derechos, los iraníes volvieron aparentemente a la resignación por sus dificultades económicas y la falta de agencia política y de libertades sociales.

En cambio, las protestas actuales no han remitido hasta ahora, a pesar del uso de la fuerza y de los intentos del régimen de cortar las comunicaciones.

No se trata sólo de una muestra de resistencia de un grupo, o de un movimiento dirigido por hombres. Las mujeres, algunas de las cuales se quitan o no llevan el hiyab, han destacado y ha habido grandes concentraciones en universidades y escuelas.

El régimen no ha podido cerrar el movimiento con una contramanifestación escenificada, como hizo con las concentraciones masivas de diciembre de 2009. Una manifestación organizada por el gobierno tras las oraciones del viernes, el 23 de septiembre, congregó sólo a decenas de miles de personas, lejos de los «millones» proclamados por los medios de comunicación estatales.

Como siempre ocurre con las protestas masivas, las autoridades iraníes han intentado presentar las concentraciones como complots orquestados por Estados Unidos, Israel, Arabia Saudí, «mercenarios» y «terroristas». Pero, hasta ahora, ningún intento de reprimir las protestas ha conseguido imponerse. La gran mayoría de las manifestaciones han sido no violentas y la expresión de los iraníes, y no la obra de elementos extranjeros taimados.

El lunes, el líder supremo de Irán puso de manifiesto su preocupación. En los primeros comentarios públicos de Ali Jamenei sobre la muerte de Amini, que calificó de «incidente trágico que nos entristece», afirmó:

Los recientes disturbios y revueltas en Irán fueron planes diseñados por Estados Unidos, el falso régimen sionista usurpador, sus mercenarios y algunos iraníes traidores en el extranjero que les ayudaron… ¿Cómo pueden algunos no ver las manos de Estados Unidos e Israel en este suceso?

Las manifestaciones se han ampliado más allá de la muerte de Amini. El hiyab obligatorio es un indicador de la preocupación por las restricciones sociales del régimen sobre las mujeres y sobre todos los iraníes. Los cánticos de «mujeres, vida, libertad» apuntan a la campaña por la agencia política.



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Los manifestantes subrayan que se trata de un movimiento «sin líder», lo que plantea un reto más allá del corto plazo. ¿Cuánto tiempo puede continuar la búsqueda espontánea de derechos sin organización? ¿Hay que elaborar una plataforma específica, más allá de la abolición del hiyab obligatorio y de la «policía de la moral»? Aun así, las manifestaciones han levantado el telón de un régimen que gobierna mediante la coacción y el patrocinio en lugar de la aceptación.

La línea dura contra el descontento

Las marchas masivas de 2009 pusieron de manifiesto el descontento de muchos iraníes, así como sus aspiraciones a un sistema no manipulado por el líder supremo a través de sus funcionarios y la Guardia Revolucionaria.

Una calle de Teherán repleta de manifestantes en 2009.
Disturbios populares: en 2009 se produjeron manifestaciones masivas tras la controvertida reelección de Mahmud Ahmadineyad.
EPA/Abedin Taherkenareh

El régimen ha conseguido frenar esas aspiraciones, pero no ha conseguido vencer el descontento. La situación económica de Irán se ha deteriorado a lo largo de los últimos 13 años. La inflación se sitúa oficialmente en más del 52%, con subidas mayores en los alimentos y otros productos básicos. Sólo se ha producido un pequeño aumento del PIB, después de descensos del 6% al 7% en 2018 y 2019. Sólo se ha recuperado un tercio de los empleos perdidos durante la pandemia de COVID. Esta semana, la moneda iraní marcó un nuevo mínimo histórico frente al dólar estadounidense de 42.229,5:1.

El acuerdo nuclear de 2015 ofreció una oportunidad de recuperación. Pero pronto se redujo y se cerró en 2018 con la retirada de la administración Trump y la ampliación de las sanciones estadounidenses. La renovación de ese acuerdo lleva meses estancada por las exigencias iraníes, como la limitación estricta de las inspecciones de sus instalaciones nucleares.

Mientras tanto, el régimen adopta una línea aún más dura en casa. Después de que su error de cálculo provocara la inesperada victoria del centrista Hassan Rouhani en las elecciones presidenciales de 2013, el líder supremo utilizó al nuevo presidente como cortafuegos. Jamenei permitió que Rouhani asumiera la culpa de las dificultades económicas y del fracaso -debido a la obstrucción de los partidarios de la línea dura- en la realización de reformas sociales.

En 2021, Jamenei y los partidarios de la línea dura consolidaron su posición interna. Utilizaron una «elección dirigida» para poner al jefe del poder judicial, Ebrahim Raisi, en la presidencia. Pero ahora no tienen ningún cortafuegos contra los crecientes problemas de los iraníes.

Bienvenido al aislamiento

El régimen de Jamenei está cada vez más aislado. El estancamiento de las conversaciones nucleares significa que no hay perspectivas de renovar los vínculos no sólo con Estados Unidos y Europa, sino también con gran parte de Asia.

China está dispuesta a aceptar el petróleo iraní con descuento, pero es prudente en cuanto a los vínculos políticos. India busca a los «enemigos» de Jamenei -uniéndose a EEUU, Australia y Japón en la alianza Quad- en lugar de aliarse con Teherán. En Oriente Medio, el régimen se enfrenta a una situación inestable en Irak, y las conversaciones para la reconciliación con Arabia Saudí avanzan lentamente.

Tal vez lo más importante sea que la cacareada alianza con Rusia está atada a la fallida invasión de Ucrania por parte de Vladimir Putin. Lejos de ver un impulso económico, Irán se encuentra atado a otro sistema fuertemente sancionado que pronto podría entrar en convulsión.

Jamenei ha insistido en que: «Siempre que los enemigos planeen crear disturbios en cualquier lugar, será el pueblo valiente y fiel de Irán el que más les haga frente».

Por desgracia para él, los valientes y fieles de las calles de Irán no están de acuerdo.


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