La solidaridad energética europea es tanto una necesidad como una oportunidad

Si algunas partes de Europa pasan frío y hambre mientras otras pueden protegerse, se producirá una reacción política que podría destrozar la UE. Para evitarlo, la UE debe crear un mecanismo europeo de solidaridad energética.

Sumándose a las presiones previas a la guerra, la guerra de Rusia contra Ucrania y la militarización del gas ruso por parte de Putin han desestabilizado el mercado mundial de la energía, haciendo subir los precios y creando cuellos de botella en el suministro, con graves consecuencias para Europa incluso antes de que se produzca la demanda adicional del invierno. Lo más probable es que esta crisis perdure más allá del invierno, cuando haya que rellenar los depósitos de gas vaciados. El aumento de los costes energéticos también inflará aún más los precios de los alimentos, ya presionados por la guerra. Aunque hay incertidumbres cruciales, entre ellas el clima y el desarrollo de la guerra, ya parece seguro que las facturas de energía de los hogares y las empresas aumentarán, a menudo hasta niveles inasequibles, agravados por la presión del aumento de los precios de los alimentos.

  • Fabian Zuleeg (Foto: EPC)

Aunque hay que reconocer, y comunicar, que los gobiernos no pueden hacer más que eso, también es cierto que los gobiernos deben estar a la altura de su responsabilidad de proteger a sus ciudadanos, especialmente a los más vulnerables. En consecuencia, los gobiernos de toda la UE están poniendo en marcha planes para amortiguar el golpe, en parte con el objetivo de limitar los precios, en parte proporcionando ayudas directas a parte o a toda la población y/o a las empresas.

Esto no es sólo un reconocimiento de la necesidad y la responsabilidad de ayudar; los gobiernos saben perfectamente que habrá consecuencias políticas y electorales si no consiguen proporcionar al menos un nivel mínimo de apoyo.

Consecuencias distributivas de la crisis de asequibilidad energética

Las consecuencias distributivas de esta crisis de asequibilidad energética son importantes a nivel nacional, pero también a nivel de la UE. Los países no sólo se ven afectados de forma diferente por la crisis energética debido a su dependencia del gas o a las estructuras de propiedad de su mercado energético, entre otros factores, sino que también tienen capacidades muy diferentes para abordar el problema, por ejemplo, en cuanto al espacio fiscal del que disponen. Por ejemplo, Alemania tiene una relación deuda/PIB de alrededor del 70%, mientras que Francia tiene una relación de más del 110%, Italia de más del 150% y Grecia de más del 190%.

Aunque se reconoce en cierta medida que la solidaridad energética europea es necesaria, no sólo dentro de los Estados miembros sino también entre ellos, incluso en términos financieros, hasta ahora no parece haber voluntad política de tomar más medidas, especialmente entre los gobiernos de los países económicamente más fuertes. Esto es así a pesar de los obvios e inevitables problemas transfronterizos que surgen de un mercado integrado, como la forma de tratar la redistribución de cualquier ganancia inesperada paneuropea o los efectos indirectos de los precios y la oferta. Cualquier interferencia nacional (inevitable) en el mercado energético crea implícitamente una asignación transfronteriza de los costes, dada la interdependencia de Europa.

Un invierno de descontento europeo

Estos efectos distributivos implican consecuencias políticas a nivel de la UE. Si en una situación de grave dificultad, cuando las necesidades básicas como los alimentos y la energía se vuelven inasequibles en ciertas geografías o partes de la sociedad pero no en otras, cuando las poblaciones ven generosos planes de apoyo en algunos países pero no en otros, cuando las repercusiones y los efectos indirectos de las acciones de algunos países afectan negativamente a otros, la reacción política será grave. La agitación política se vería agravada por una dimensión moral si los países que han cometido errores en el pasado que ahora repercuten en la seguridad y la asequibilidad energética de todos, por ejemplo, Alemania con el Nord Stream 2, no son vistos como responsables.

En su nivel más simple, si algunas partes de Europa tienen frío y hambre mientras otras no, la reacción política conlleva el alto riesgo de desgarrar la Unión Europea, socavando la premisa básica de la integración europea: estamos todos juntos en esto. Aunque esto no ocurra a corto plazo, las consecuencias serán duras, ya que todos los países se verán incentivados a comprometerse con la UE sólo si ven una ganancia financiera directa, bloqueando la mayoría de las acciones, haciendo que la Unión no pueda avanzar.

¿Estamos juntos?

Este problema político subyacente explica la fuerza de la reacción ante el paquete de apoyo a la energía de Alemania, por valor de la friolera de 200.000 millones de euros para proporcionar medidas de apoyo y mantener la asequibilidad de la energía en Alemania. Se considera que se ha elaborado sin consultar a otros socios de la UE y sin tener en cuenta los efectos negativos transfronterizos. En respuesta, Berlín ha señalado paquetes de apoyo en otros lugares y ha subrayado que existe la voluntad de considerar una acción más común de la UE, por ejemplo, en forma de instrumentos de préstamo disponibles a nivel de la UE.

Esto debería verse como una oportunidad: a Alemania, y a todos los demás países de la UE, les interesa poner en marcha un mecanismo europeo, no sólo porque es necesario complementar las respuestas nacionales, por ejemplo, los paquetes de ayuda estatal, con un mecanismo europeo para evitar distorsiones y repercusiones negativas, sino también para prevenir cualquier reacción política.

Pueden establecerse paralelismos con la reacción de la UE a la crisis del Covid-19, que fue ampliamente percibida como un momento positivo de la integración europea. En el caso de la pandemia, el Mecanismo Europeo de Recuperación y Resiliencia (MRR) demostró eficazmente la solidaridad, al tiempo que garantizaba que países como Alemania pudieran seguir adelante con sus paquetes de ayuda nacionales. Esta respuesta a la pandemia encarnó un acuerdo político que señalaba la aceptación y el permiso de las medidas nacionales siempre que se complementaran con un mecanismo a nivel de la UE.

Un mecanismo europeo de solidaridad energética

La UE necesita un mecanismo europeo de solidaridad energética financiera. Dicho mecanismo, Europa CARES (Asignación Común de Recursos para la Solidaridad Europea), se diferenciaría del FRR en muchos aspectos cruciales. Tendría que dirigirse no sólo a los países de la UE, sino también a los países en vías de adhesión, en reconocimiento de su futuro común con la UE. Pero debería excluir a los países de la UE y de la adhesión que están amortiguando el golpe al seguir dependiendo de la energía rusa.

El mecanismo de solidaridad estaría a disposición de los países afectados negativamente por los precios de los alimentos y la energía, independientemente de su nivel de ingresos, pero exigiría que los más capaces también contribuyeran en consecuencia, aunque estén entre los más afectados por la crisis energética. La creación de este mecanismo redunda en el interés propio de todos los países, para garantizar el futuro de la cooperación europea, mantener la alianza contra Rusia y asegurar que la base económica de la UE, el Mercado Único, no se vea fatalmente socavada por las acciones nacionales, al tiempo que se da margen a los gobiernos de los Estados miembros para contrarrestar la crisis.

Europe CARES estaría en consonancia con las Conclusiones del Consejo Europeo de los días 21 y 22 de octubre (REF), que señalaban que «la prioridad inmediata es proteger a los hogares y a las empresas, en particular, a los más vulnerables de nuestras sociedades. … . Deben movilizarse todos los instrumentos pertinentes a nivel nacional y de la UE para aumentar la resistencia de nuestras economías, preservando al mismo tiempo la competitividad global de Europa y manteniendo la igualdad de condiciones y la integridad del mercado único».

Un mecanismo de solidaridad energética de este tipo no debe sustituir ni ser visto como un sustituto de las múltiples acciones que la UE está llevando a cabo actualmente para hacer frente a la crisis energética, sino que debe ser un complemento necesario de las mismas.

Europe CARES no sería un instrumento de la UE, sino un mecanismo intergubernamental paralelo, como el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) o el pacto fiscal. Por tanto, no entraría en las normas presupuestarias normales de la UE, que otorgan a todos los Estados miembros de la UE el derecho a vetar la creación de un mecanismo de este tipo o las condicionalidades adjuntas.

Y lo que es más importante, tendría que ser un verdadero mecanismo de redistribución, que proporcionara apoyo presupuestario directo a los gobiernos, no en forma de préstamo. Su objetivo sería la solidaridad energética europea, pura y dura, sin complejas normas de desembolso ni condiciones de uso, aparte de la financiación de los paquetes de ayuda proporcionados por los gobiernos. Un mecanismo redistributivo tendría la ventaja de poder reaccionar rápidamente, en lugar de los mecanismos de inversión que tardan mucho tiempo y no son instrumentos eficaces de emergencia inmediata. Aunque las inversiones son, sin duda, también necesarias, el objetivo inmediato tiene que ser pasar el invierno del descontento.

Demostrar que Europa se preocupa

Más allá de la necesidad, Europe CARES debería estar claramente orientado, proporcionando apoyo a los más vulnerables, pero evitando los efectos indirectos negativos a través de, por ejemplo, la aceleración de los cuellos de botella en el suministro si la financiación se utilizara para sobrepujar a otros en el mercado. También debe quedar claro para los ciudadanos que este apoyo forma parte de la solidaridad energética europea. Así pues, Europe CARES tendría tres principios para su desembolso:

1) Un enfoque en la NECESIDAD demostrada, a disposición de los países que se ven afectados negativamente por los precios de los alimentos y la energía, no amortiguados por la continua dependencia de Rusia;

2) estos países tendrían que comprometerse a una acción ORIENTATIVA, centrada en los más necesitados, con el objetivo de minimizar los efectos secundarios negativos y las distorsiones transfronterizas del mercado, así como tomar medidas para llevar a cabo el ahorro energético. La evaluación podría ser realizada por un grupo de expertos paneuropeo con el apoyo de la Comisión, que también haría recomendaciones sobre cómo minimizar los impactos transfronterizos negativos;

3) y habría que COMUNICAR claramente a los beneficiarios que se trata de un mecanismo de solidaridad europea que reconoce que estamos todos juntos en esto.

¿Quién paga?

En cuanto a la financiación, Europe CARES podría construirse a partir de las contribuciones nacionales, pero debería ir más allá. Cualquier mecanismo nacional o europeo que extraiga beneficios inesperados de las empresas energéticas o de determinados proveedores de energía, como Noruega, podría contribuir a Europe CARES, pudiendo implicar también a dichos gobiernos en las decisiones sobre cómo distribuir los fondos.

Del mismo modo, los países de la UE podrían dedicar voluntariamente los reembolsos de fondos europeos no utilizados a dicho mecanismo. También podría ser un canal para dirigir la ayuda europea e internacional a algunos de los países que necesitan más apoyo, incluidos algunos de los países en vías de adhesión, extendiéndose a la propia Ucrania. También podría ir más allá de la financiación, y estudiar la asignación de los escasos recursos cuando haya un déficit energético, a pesar de los esfuerzos sostenidos por reducir el uso de la energía y explorar nuevas fuentes de suministro.

Convertir una crisis en una oportunidad

No es una petición fácil en un momento en que todos los países están bajo presión. Pero debe verse como una oportunidad. Los retos a los que nos enfrentamos en Europa son retos comunes, y sólo si trabajamos juntos y somos solidarios podremos abordarlos. Europe CARES sería una señal visible de que todos reconocemos esta verdad básica. También supondría un aguijón en la cola para aquellos que no estén dispuestos a formar parte del consenso político de Europa cuando se trate de la agresión de Rusia, limitando de hecho este mecanismo de solidaridad a aquellos que hagan sacrificios energéticos en la lucha común contra la guerra de Putin.

Convertiría una situación de desafío existencial -algunos europeos pasan hambre y frío mientras otros no- en una oportunidad; al demostrar la solidaridad y garantizar que ninguna parte de Europa tenga que pasar frío y hambre, reforzaría la cooperación europea. Demostraría a los gobiernos y a los ciudadanos europeos que la integración europea es una parte esencial de la respuesta a los retos a los que nos enfrentamos, contrarrestando así la reacción política que de otro modo se produciría inevitablemente.

También es lo correcto, pues demuestra que los países europeos no sólo protegen a sus propios ciudadanos, sino que actúan conjuntamente para ayudar a todos los afectados por este reto común. En resumen, una asignación común de recursos para la solidaridad europea demostraría que a Europa le importa.


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