Indonesia muestra por qué la UE necesita centrarse más en el G20


El G20, a primera vista, es una institución un poco extraña. Fundado recientemente -en 1999- en respuesta a la crisis de la deuda de los mercados emergentes de entonces, su objetivo era llevar a las democracias en desarrollo, como Indonesia, Brasil y Sudáfrica, a un papel de liderazgo mundial. Irónicamente, desde entonces la mayoría de las crisis económicas a las que se ha enfrentado el mundo han comenzado en el mundo rico de las naciones del G7: el crack financiero de 2008; la guerra comercial entre EEUU y China; la pandemia del COVID. Existía la preocupación de que el G20 pudiera desvanecerse en la irrelevancia.

La Presidencia de este año, a cargo de Indonesia, ha demostrado por qué la institución sigue siendo importante, y debería servir de llamada de atención a los líderes de la UE. Debemos abandonar nuestra visión del mundo centrada en el G8, donde todas las relaciones exteriores y comerciales se ven a través del prisma de Estados Unidos, Rusia y China. Las potencias emergentes del G20 -especialmente Indonesia, India y Brasil- serán actores económicos importantes y Bruselas debe prepararse para esta nueva realidad.

Bajo el mandato del presidente Joko Widodo, Indonesia ha sobrealimentado su economía. Mientras que en la última década la zona euro ha tenido una media de crecimiento del PIB de alrededor del 1,5%, la tasa de crecimiento de Indonesia es tres veces mayor. El país tiene ahora la cuarta población más grande del mundo y una economía entre las 20 primeras. Las últimas proyecciones indican que la tasa de crecimiento de Yakarta superará el 5% cada año hasta 2027 como mínimo. Una gestión económica prudente y unas exportaciones récord de casi 28.000 millones de dólares en los últimos 12 meses, hacen que la inflación siga siendo una de las más bajas del mundo, con sólo el 4,7%. El mercado de valores está en pleno auge, ya que el níquel, el aceite de palma y los productos electrónicos indonesios siguen teniendo una gran demanda en Europa y en todo el mundo.

La buena noticia es que la Comisión Europea ha reconocido la oportunidad. El vicepresidente ejecutivo Valdis Dombrovskis tiene el objetivo declarado de que el acuerdo comercial entre la UE e Indonesia se complete antes de 2024. La mala noticia es que la Comisión -y, de hecho, el Parlamento- probablemente van a destrozar el acuerdo comercial antes de que se firme, mediante un exceso de regulación y un proteccionismo verde. Si lo hacen, significará la pérdida de oportunidades para los exportadores de la UE, el aumento de los precios para los consumidores de la UE y la continuación de la burocracia para las empresas de la UE. Mientras tanto, otros países, como Estados Unidos y el Reino Unido, se apresurarán a aprovechar los beneficios económicos del comercio con la enorme y creciente población de Indonesia. ¿De verdad vamos a cometer un error estratégico tan evidente?

Las señales de advertencia ya están ahí. En septiembre, catorce países en desarrollo -encabezados por los miembros del G20, Brasil e Indonesia- firmaron una queja ante la Comisión por la discriminación del Reglamento sobre la Deforestación. El reglamento es el clásico proteccionismo verde: erige barreras comerciales burocráticas que socavarán el desarrollo económico de nuestros socios comerciales, para mimar a algunas industrias europeas que buscan rentas. Es una locura, y no es de extrañar que tantas naciones se hayan quejado tan ruidosamente.

Sólo unos días después, los eurodiputados votaron a favor de excluir el aceite de palma indonesio del Reglamento sobre Combustibles de Aviación Sostenibles. No contentos con esto, en la votación plenaria del Parlamento sobre la Directiva revisada sobre Energías Renovables (RED III) se impulsó una propuesta de prohibición de la misma materia prima procedente de Indonesia, así como de la soja de Brasil. Ya está pendiente un caso en la OMC contra la UE, y no se puede descartar que haya represalias contra las exportaciones europeas.

Esto tiene que acabar. Una cosa es que los líderes europeos hagan gala de sus virtudes a través de tweets o discursos, pero hacerlo en la legislación real es extremadamente irresponsable. Estamos hipotecando el futuro de nuestros hijos al iniciar conflictos comerciales que dejarán a los europeos fuera de los mercados del futuro. El acuerdo comercial de la Comisión con Indonesia ya parece muerto, si las barreras comerciales al aceite de palma no se reducen en las negociaciones del diálogo tripartito.

Todo esto demuestra por qué el G20 es realmente importante, no como una tertulia o una serie de cumbres. Sino porque es una mirada al futuro, donde los centros mundiales de población, crecimiento económico y dinamismo se desplazarán hacia el este y el sur. Estados Unidos lo ha reconocido y está tomando medidas responsables para mejorar sus asociaciones económicas: el acuerdo del «Marco Económico Indo-Pacífico» (IPEF), dirigido por Estados Unidos, incluye a India, Indonesia, Vietnam y otros 11 países con el objetivo de acelerar la cooperación económica. La UE se queda mirando desde lejos. Probablemente sea un buen momento para la ampliación del G-20: el acceso de países como, por ejemplo, Polonia -representante de Europa Central y Oriental- debería dinamizar la parte europea del G-20.

La Comisión tiene que ponerse seria, o como europeos, nos quedaremos todos atrás. Hay que acabar con la señalización de virtudes de los Verdes sobre el aceite de palma, el caucho o la soja. En su lugar, comprometámonos con los mercados abiertos y el libre comercio. El G20 y el mundo estarán mejor con una Unión Europea comprometida con la asociación global en lugar del proteccionismo local.


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